Una mirada especializada y sofisticada acerca de las problemáticas más insignificantes de la realidad para las mujeres y hombres pujantes de hoy.
miércoles, 18 de junio de 2008
Interferómetro.
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viernes, 13 de junio de 2008
El dolor del artista.
Lo peor era el frío. No tanto la discusión, sino el frío. La discusión también era incómoda, sobre todo cuando ella argumentaba entre sollozos.
"No te importa más que vos", repetía ella y comenzaba una elegía que incluía todos los malos momentos que él le había hecho pasar en los últimos cinco años.
La escuchaba absorto, como viendo la escena desde unos metros por sobre sus cabezas. Cabezas que ahora se encontraban ladeadas, buscándose en la noche cerrada, apenas iluminada por resplandores sobre el asfalto.
"Vos no entendés mi sufrimiento", seguía ella con lágrimas en los ojos, quieta, detenida en ese instante de reproches que no encontraban respuesta. Para él todo era un eco, un silbido sordo que se escurría por los oídos y ascendía por el aire viciado hasta allí arriba desde donde sentía observarse.
Y el frío.
Frío metálico, húmedo, del que cala los huesos y anestesia los sentidos. Ese frío que era calor y dolor, que hacía presente cada parte de su cuerpo.
"Mejor lo discutimos en otro momento", se escuchaba decir él ahora, mientras intentaba el esbozo de una sonrisa que salía sardónica, lenta.
"Como siempre, evadís la discusión. Sos un cobarde, Marcos".
Y cómo podía ella llamarlo cobarde. Como si ella fuera ajena a su situación, a su estado indefenso. Porque ella podía verlo atrapado, presa de esa realidad inmóvil, inmediata.
Un frío eléctrico. De mil punzadas: finas, exquisitas, únicas.
Un frío único.
"Perdonáme", alcanzó a decir él, sin darle relevancia a su respuesta. Y pensó en lo verdaderamente relevante: los gritos de ella, el golpe a la cara y el volantazo, la defensa divisoria de la ruta y la plasticidad de la carrocería del coche. Hierro, cemento y carne se habían unido para dar como resultado esa escultura en medio de la nada, bañada por las luces que rebotaban sobre el asfalto.
"Perdonáme", repitió Marcos mientras se pensaba como parte de una obra de arte que incluía un eje de volante entre un bazo y un diafragma. Y recordó aquello del artista y el sufrimiento, de la creación desde el dolor y la pérdida.
Y se sintió volar, libre de los reclamos que seguían llegando desde el asiento de al lado.
Y ya no sintió más el frío.
Ese frío que era lo peor de todo.
martes, 10 de junio de 2008
domingo, 1 de junio de 2008
viernes, 16 de mayo de 2008
Nada.
La primera vez que pensó en suicidarse se sintió valiente. Las siguientes veces ya no, mas bien exhausto de su vida anodina. Sí, anodina. Había conocido la palabra al pasar, durante un viaje en tren con su madre. El mismo viaje en el que un grupo de gente había matado a patadas a un punguista en el vagón de al lado. El acceso a una nueva palabra lo había impresionado más que la muerte de aquél chico. Era la muerte, nada nuevo al fin. Sentía su propia finitud como parte del juego en el que algunos quieren suicidarse, otros vivir, algunos que otros vivan y unos pocos, vivir para que otros se suiciden. "Los suicidas son todos cobardes", había escuchado decir a toda su familia durante toda su vida; aforismo que se seguía necesariamente del raro argumento de que la valentía era pertenencia de aquellos que se levantaban más temprano. No importaba, no se sentía cobarde. Era más bien una cuestión de estatismo, de rebeldía negativa. Era el árbol que subsiste a la inundación para secarse más tarde, solo. Un páramo que, en su caso, estaba lleno de gente, de ideologías y voluntades opuestas.
Asfixiante. Así intuía su realidad mientras pensaba en la bolsa de nylon. Asfixiarse para acabar con la asfixia. Última simetría de una seguidilla de malentendidos en el que cada uno de sus vagos intentos por dar término a su vida se había asumido como torpezas propias de los años. De todas maneras, era algo secundario: nunca un suicida debe preocuparse por el qué dirán. Su muerte incluye la necesaria desaparición de todos los otros, caras que ya no miran más que la nada en que uno se convierte. Le gustaba recordar a Nerón, ordenándole a sus generales que se suicidaran para darle valor antes de su muerte. Él no podía pedir tanto, los anodinos no tienen derecho al reclamo. Son piezas gastadas, fuera de uso, listas para el desecho.
No había escapatoria. No haber tomado la decisión final, no haberla llevado a cabo con inteligencia, hasta el final, lo ubicaba ahora en un no-lugar. Un no-lugar en donde sus decisiones y deseos caían en el vacío más oscuro. Y todo empeoraba aún más. Era su madre la que venía, como todos los días, con la bolsita del jardín y el delantal. Era ver nuevamente su nombre sobre un fondo verde y blanco, una carátula de hilo bordado que no lo representaba en absoluto. Y seguir sus pasos: dos cuadras hasta el parque, doblar una hasta la vía, cruzarla lentamente por si el tren de las nueve le hacía el favor, doblar nuevamente y seguir otra cuadra hasta los brazos de la maestra, esa a la que querría contarle su nueva palabra, la que ahora no recordaba, la que era sinónimo de insulso, de insignificante, pero che, cómo era...
miércoles, 14 de mayo de 2008
Tragedia.
Sentimos la crisis, como el sordo murmullo del tren subterráneo que se acerca.
Ya lo sabemos. Cada unos cinco años la crisis arremete.
La necesitamos.
La tragedia nos seduce allí donde seduce al suicida.
Como una sirena a un marinero.
Aunque esa crisis no sea reflejo fiel de una problemática existente.
Aunque sea un síntoma sin enfermedad
O como una falacia verdadera
Como el eco de una estrella que ha muerto, pero aún viaja
Y una vez más el ciclo se cumple.
La tensión será liberada.
Y naufragamos.
domingo, 4 de mayo de 2008
Bichi, perdon por lo k pasó la otra semna. K t parece si nos vemos mañana en el lugar de siempre a las (...)
Cabito se acomodó algo en la cintura. Subió las escaleras de la estación José Leon Suárez de una manera mecánica. Se esforzó para coordinar un paso luego del otro. Por subir… subir los pocos escalones, se detuvo antes de llegar al andén. Algo lo inquietaba. Una lata de gaseosa multicolor se freía en el piso. Se sobresaltó con el ronquido de un animal gigante en una caverna: era el tren. El anciano monstruo de metal llegaba lentamente. No era un tren. Eran ventanas, fierros, ruedas, caras de personas, olores a rancio, chirridos que se amalgamaban espontáneamente, pero que coexistían de milagro. Todo se puso negro por un instante, pero Cabito sabía que acabaría. El paco era su mejor amigo. Previsible. Sabía que los moretones en la espalda le dolerían nuevamente en unos minutos. Con sus doce años, le era relativamente fácil moverse entre la muchedumbre de la masa trabajadora que inhalaba y exhalaba frenéticamente dentro del tren cada mañana a esa hora.
El tren partió. Al principio se ubicó en el furgón. Se sentó en una de esas cajas de metal que hay en el suelo. Se sentía a salvo en medio de esa orgía de bicicletas colgantes. Esperaría unas estaciones más antes de hacerlo. Pensó que de todas maneras Héctor volvería a pegarle, le fuese como le fuese. Pero los diez pesos eran indispensables.
El tren se detuvo a intercambiar humanos un par de veces y por fin pensó que ya era hora. Se paró. Cruzó la puerta del vagón y entró en uno de pasajeros. Permiso, permiso, decía y se escabullía entre pantalones recién planchados y bolsos y maletines. Se paró contra la puerta del lado izquierdo, para poder escapar rápido. Una chica que parecia estudiante se paró cerca de él. Cabito la examinó. Tenía auriculares de los pequeños. Era un manos libres. Y seguramente el teléfono móvil estaría allí al final del cable, como un tesoro al final del arco iris. El tren se detuvo en Migueletes. La chica no bajaba. Era una buena oportunidad, pero de reojo le pareció ver algo que le erizó la piel. Un policía en el andén. “Alejáte de los ratis”, le había dicho Héctor minutos atrás por enésima vez en la semana. El policía estaba casi oculto detrás de la maraña de gente que subía y bajaba del tren, apoyado contra la baranda y con una sonrisa infantil, mientras su pulgar derecho tejía palabras en el teléfono. El niño decidió esperar una estación más.
El tren se puso en marcha. Un golpe seco resonó en el vagón. Hubo algunos gritos. Cabito cayó al piso. No podía abrir los ojos por la sangre caliente que bañaba su cara. No entendía qué sucedía, le causaba risa. Sintió el piso contra el cuerpo. Sintió que le faltaba el aire. Estaba casi cómodo allí tirado, entre una multitud de personas que lo miraban horrorizados. Miró a su lado. Había un cascote y vidrios. Alguien había lanzado una piedra. Se tocó la cintura, el revólver no estaba. Una mujer gritó que había un arma y se produjo un revoltijo de gritos y cuerpos en el vagón. El tren continuaba en movimiento, alejándose de la estación poco a poco. Un hombre pateó el revólver debajo de un asiento y luego pateó la cabeza de Cabito. ¡Un chorro!, gritaba la misma mujer, ¡y está armado! Varios jóvenes se acercaron a sujetarlo. Cabito intentó zafarse, pero un puño golpeó con fuerza su estómago. Se dobló de dolor. No podía respirar. Se sintió solo. Muy solo. Alguien lo sujetaba del pelo con violencia. El tren se alejaba y Cabito pensó en gritar, en llamar la atención del policía. Pero otro golpe lo sacudió y lo arrojó contra la ventana rota. Comenzó a caer, desvaneciéndose hacia el piso. Por fin hacia el piso, mirando por el hueco del vidrio estrellado. Viendo la figura del policía que se alejaba y que aún no acababa con su mensaje de texto.
viernes, 2 de mayo de 2008
007.
Lo había visto en una de Sean Connery. Bond, pulcro, con su calma acostumbrada, enroscaba el silenciador en la 9mm reluciente. Lo hacía con desgano, como quien conoce con certeza las consecuencias inmediatas de sus actos. Sí, era en una de las de Sean Connery. Como él es que ahora F. se detenía a observar a su víctima. También sus manos sostenían el artefacto con gracia mientras giraba el extremo. Se tomó su tiempo, imitando a su personaje predilecto hasta en las pausas; gesto a gesto hasta la llegada de lo inevitable. Recién en ese momento terminó de desenroscar la punta del escobillón y le pegó a la rata con el palo en la cabeza.
jueves, 1 de mayo de 2008
La Espiral.
Elena leía el libro desde hacía más de media hora. Era uno de sus preferidos. No coincidía con la mayoría de los suyos en que su autor, James Joyce, hubiese alcanzado su punto culmine con Ulysses. No, ella estaba convencida de que los relatos de Dubliners eran los que valían por sobre el resto de su obra. Lo leía con fruición, una y otra vez, como intentando retener cada imagen, cada palabra. Como si cada una fuera un destello de sensibilidad que le permitiera trabajarlo luego como metal al rojo vivo y, ya sólido pero distinto, reproducirlo en el que sería ahora su texto perfecto. En su historia siempre a punto de ser escrita, un niño pequeño pero lo suficientemente grande como para que ella no pudiera soportarlo observaba un televisor antiguo, en el que una luz mínima emitía un silbido apagado, como de faro lejano.
La promesa de una imagen que nunca aparecía decepcionó a Facundo. Si bien intuía que aquel armatoste propiedad de su abuela no iba a permitirle ver su programa de la tarde en la mejor de las condiciones, la ausencia total de respuesta le parecía excesiva, aún para un televisor como ese. Pensó que podía pedir ayuda, pero seguramente su abuela no tuviera la más mínima idea de qué hacer. Había visto a su padre varias veces frente al televisor, un poco al costado, inclinar la cabeza mientras golpeaba con la mano derecha la carcaza llena de polvo. Decidido a solucionar el problema, se acerco al aparato dispuesto a imitar a su padre. Dicen que al recibir una descarga eléctrica durante un par de segundos uno siente hasta el último de sus órganos. Facundo percibió claramente su hígado, el bazo y el páncreas. Todo el sistema autónomo dijo presente al unísono mientras Facundo se desmoronaba inconsciente junto al televisor, que ahora sí mostraba borrosa la imagen del noticiero de la tarde.
El conductor miró a cámara y, con gravedad simulada, afirmó que en un choque en Beccar habían muerto cuatro o cinco personas. "Cuatro o cinco" dijo, y vio como el productor se desfiguraba en una mueca de horror. Durante el corte publicitario el conductor, con la mirada fija en la luz roja que se apagaba, comprendió instantáneamente que la muerte era absoluta, que sus juegos no comprendían las cifras intermedias, con decimales. "Se mueren cuatro o se mueren cinco, pero no se mueren cuatro o cinco, con la muerte no se jode, che" le gritaba el productor con la seguridad de los que perciben lo evidente. El conductor sabía que los llamados de los televidentes se iban a multiplicar, que los errores cometidos frente a muchos son los más fácilmente reprochables.
"Siempre lo mismo con esta mierda", pensó doña Ester mientras colgaba con violencia el auricular. Parecía imposible comunicarse con el canal durante las horas pico. Seguro que muchos otros que no tenían nada que hacer estaban llamando por lo mismo. Pero no era lo mismo. Su Alberto se había muerto luego de una agonía insoportable, tan insoportablemente como había vivido. Era ella la que había esperado hasta su último suspiro, la que conocía realmente a la muerte. Sola, impotente, con el repasador en las manos, se levantó de la silla y se sostuvo en la mesa para dar el primer paso. El dolor de la artrosis era irreal, como un poquito de la muerte a la hora del té. Doña Ester caminó hasta la puerta del patio. Con lentitud pero con decisión visualizó el camino de hormigas que circundaba la heladera. Lo siguió hasta su extremo donde una hormiga, quieta junto a una miga de pan, permanecía detenida con una hoja entre sus patas delanteras. Justo ahí aplicó el pisotón demoledor.
Elena, enfrascada en su lectura de Joyce, como ajena al ir y venir de todas sus compañeras, no pudo soportar el peso de la pantufla.
martes, 29 de abril de 2008
Un día sucedió.
Y un día sucedió. El Campo cobró vida, mejor dicho, tomó el valor de actuar de una vez. Y se puso de pie. Una especie de ola verde se irguió contra el horizonte pampeano un atardecer. Los árboles comenzaron a caminar. Las hileras de cultivos comenzaron a reptar por la ruta 9 hacia la gran Ciudad. Llegó alrededor de las 2:35 am y entró por la zona del delta del Paraná, y al sur, desde Ezeiza. Algunos medios se hicieron eco de lo que estaba sucediendo, pero la trascendencia de la noticia no logró hacer pie en las profundas y oscuras aguas de la madrugada.
Entonces El Campo penetró en la ciudad con su mienbro de pasto, barro y brotes de soja. Y cada edificio fue cubierto de césped. Los pájaros tomaron los semáforos y los castores las alcantarillas. Algunas ruedas de carretas rodaron fuera de control por Avenida de Mayo hacia el río, casi festejando. Y así es. Ahora así estamos, escribo estas palabras con esta extraña computadora de madera y semillas. Pero sé que puede ser cuestión de tiempo. Porque pronto va a amanecer y se que la Ciudad puede recuperar lo que ha perdido.
Aunque quizás ya no quiera despertar.
lunes, 28 de abril de 2008
Vida reversible.
Mauricio, amigo de Edgardo, número 5 de "Los Comechingones retraídos" (equipo de fútbol de C.A.G.A.R.S.A) nunca había visto su imagen en un espejo. Con 30 años recientemente cumplidos, no era fácil para él soportar semejante verdad. La mayoría de sus rasgos correspondían a recuerdos bastante claros: la marca sobre la ceja derecha: aquel partido de tenis en que su primo y pareja de dobles desfiguró su raqueta de cerámica y titanio contra su cara, el tabique un poco torcido luego de ese infortunado arrebato de líbido en que hundió su mano izquierda en las nalgas de Rosita, la gorda del club, y otras marcas... Pero había allí algo que no le cerraba. Casi todo estaba en su lugar. Pero no era suficiente. Una arruga encima del labio superior. Casi al borde de la comisura derecha... Finalmente decidió tomar el toro por las astas: comenzaría a vivir su vida de manera regresiva, hasta toparse con el momento preciso en que se había hecho esa marca. Salió del espejo caminando hacia atrás. Cerró la ventana. Y se sentó en la cama. Volvió a acostarse en la cama. Y apagó la luz.
Al principio fue duro, muy duro. No le era fácil reconstruir su vida. Las dificultades se presentaban de manera motriz y dialéctica. Devolvió cada fruta y sachet comprados a las góndolas del supermercado. Retiró besos. Devolvió sueldos, trofeos y te amos.
Los días pasaron. Hacia adelante y hacia atrás. De a poco aparecieron los resultados. El partido de tenis, el culo de Rosita, las fuertes preocupaciones del estudio nocturno y las patas de gallo, y así.
Pero Mauricio no lograba dar con esa marca.
Continuará...
sábado, 19 de abril de 2008
miércoles, 16 de abril de 2008
Biper.
El día en que Edgardo se tragó el biper no estaba nublado. Era un día diáfano, con esa brisa que es a la vez fresca y seca, a la que los italianos llaman libeccio.
No importa, el caso es que Edgardo se había tragado el biper y nadie sabía cómo ni porqué.
Se pensó primero en que había tenido una distracción, un desliz motor de sus miembros superiores y su faringe en forma simultánea. Otros propusieron su característica introspectiva, su tendencia a la interiorización.
No importa, el caso es que Edgardo se había tragado el biper y ahora esto era un problema para todos.
Algunos quisieron mantener la normalidad y ni le preguntaron como se sentía, otros se esmeraron en conocer al instante sus sensaciones, su ritmo gastrointestinal, sus sueños telecomunicacionales. Pero Edgardo no pensaba en nada en particular, nunca había tramado este desenlace, era una mera adquisición de lo externo.
No importa, el caso es que Edgardo se había tragado el biper y ahora compartía su ser, su yo con un objeto pequeño y digital.
Los primeros días Edgardo no percibió ningún síntoma. La comida se digería bien, el sueño no se le turbaba, el cuerpo le respondía de forma adecuada. Pero un día, aburrido, decidió llamar al número del biper y dejar un mensaje.
Y el biper vibró.
Y Edgardo sonrió: la sensación vibratoria a nivel del epigastrio era la experiencia más maravillosa que le había sucedido. Y entonces Edgardo llamó de vuelta.
No importa, el caso es que Edgardo se había tragado el biper y todos intentaban extirpárselo.
Algunos sugirieron la cirugía a cielo abierto, otros la vía endoscópica. Los más osados persiguieron al hombre vibrante con objetos afilados, los nihilistas lo ignoraron. Pero Edgardo evitó el contacto humano y se encerró a disfrutar de esas vibraciones orgásmicas que lo elevaban por sobre todo y por sobre todos. Y fue feliz, sujeto-objeto que vivió el día a día en la más clara de las revelaciones.
No importa, el caso es que Edgardo se había tragado el biper y en el mes de agosto le llegaron $1800 de teléfono.
Y Edgardo los pagó.
De a poco, caminando en filita hacia la coherencia final.
Sí, sí. Se puede ser un pueblo coherente.
Nuestra Presidenta es el más fiel reflejo de nuestra imagen como pueblo. Axeptémoslo. Al menos les aseguro que alrededor del planeta así se nos veía antes de que ella se corporizara cual golem. En este caso, somos todos rabinos, la arcilla está hecha de frustración, egoísmo y también potencia, prepotencia, talento, inteligencia y una enorme pulsión de muerte tanguera.
Y sepámoslo.
Hoy estamos juntando más arcilla, porque se empieza a dibujar sobre el horizonte nuestro próximo arquetipo. En la frente podrá leerse la frase que le insufle la vida... "Daniel Scioli".
viernes, 11 de abril de 2008
Canto pri para matar
Una asociación estadounidense de cazadores y pescadores ha elevado una queja ante la ONU por el calentamiento global. Parece que la población de venados y ciervos en los parques nacionales se esta viendo reducida severamente debido a la desertificación y desforestación.
Nosotros, Gonzalo Perez Verol y Federico Rubén Gonzáles, suscribimos a la moción y pedimos, aunamos nuestra voz en un único grito heroico: basta de contaminación. Nosotro queremo matar de uno o varios disparos a los ciervos y venados anque cualquier bicho que camine antes de que lo gase lo hagan.
Quede la ONU notificada.
Charlton Heston ha muerto. ¡Viva Charlton!
martes, 8 de abril de 2008
Vida y obra de Aldo Tapia.
Una biografía a manos de Federico Pérez Verol y Marco P. González.
La razón que llevó al Emperador Shih Huang Ti, rey de Tsin, a edificar la casi infinita muralla china, no fue la de una súbita e irrefrenable pasión por la arquitectura, sino la construcción de una vasta defensa contra los bárbaros.
Asimismo, el prematuro acercamiento de Aldo Tapia a la creación de estructuras se debió, fundamentalmente, a la búsqueda de una comprensión de sus conflictos más íntimos.
La capacidad de Tapia para atravesar paredes ya había alcanzado cierta notoriedad cuando la noticia llegó a nuestros oídos. Inmediatamente lo citamos en Scoozi para dialogar al respecto.
Hombre significativamente calvo, de baja estatura y “católico de la primera hora” como a el le gustaba definirse, Aldo Tapia se conscientizaba de su habilidad durante el transcurso de su cursada de tercer grado: "la maestra me mandó al rincón por molestar durante la hora de Matemática. Yo le obedecí al instante y me paré lo más cerca de la pared posible. No me di cuenta de mi paso a través del tabique hasta que me vi de frente a la clase del 5° “C”, que estaba en el aula contigua a la nuestra. Nunca olvidaré la cara de asombro de todos ellos”. Si bien Aldo siempre se jactó de no utilizar su destreza para el hurto o de haberse convertido con el tiempo en un experto desenmascarador -sic- de laberintos, también tuvo siempre bien presentes sus limitaciones: su incapacidad para participar en un juego de escondidas o para colgar un cuadro.
Llegando al tercer lustro de vida, Tapia participa en un certamen de construcciones con arena. Debido a su pésimo estilo arquitectónico su obra no obtiene mención alguna, pero se mantiene incólume en la playa durante casi una semana. Evidéncianse así por vez primera las facultades constructivas de nuestro protagonista. Basándose en este acontecimiento, Aldo Tapia publica -con tan sólo dieciséis años- el que sería su más logrado texto: La Antiestética perdurable, mediante el cual lograría el reconocimiento de los más renombrados arquitectos de la metrópoli. “El íntimo conocimiento de cada pared que atravesaba y el placer que esto me provocaba me llevaron a querer conocer hasta el último milímetro de sus estructuras. Esto me daba una clara ventaja frente a mis futuros colegas. Fue así como descubrí las dificultades que me ocasionaba pasar a través de las paredes de barro o adobe”. Sin embargo, este contratiempo le otorga a Tapia la posibilidad del manejo del material, -es decir, le evita el repetido traspaso involuntario a través de cada pared que construye, y la consiguiente pérdida de tiempo y energía que esto significa-, asumiendo la utilización del lodo -componente infranqueable para Tapia- como único elemento para sus construcciones. Ahora bien; es sabido que este último no es un material noble para la construcción, por lo que Tapia se aboca de lleno a la resolución de una obvia contradicción: la imposición de un estilo arquitectónico mediante el empleo de un elemento de tan frágil sustentación como el barro.
Ya adulto, Tapia realiza un descubrimiento que cambiará el rumbo de su vida: la ecuación matemática que -a su juicio- le permitirá determinar la fecha de derrumbe de sus barrosas obras exactamente un año después de su muerte: “la más noble manera de evitar angustias innecesarias y falsos remordimientos”, según el talentoso creador1; soslayando también de esta manera el estudio de conceptos básicos de la arquitectura estructural, verbigracia: los cálculos de la resistencia del hormigón armado. Al llegar a este punto es conveniente una aclaración que con seguridad el lector perspicaz reclamará: para asegurarse de que la data del colapso del edificio en cuestión fuese veraz, Aldo Tapia decide autenticar la fecha de su óbito -imprescindible para la correcta resolución de la fórmula- llevando a cabo una proyección de su suicidio para ese día. "Siempre pretendí anteponer el arte a mi vida. Mishima y Rimbaud lo intentaron; yo los vindicaré lográndolo.”
Meses más tarde -y ante la expectativa general- Tapia inicia la construcción del primer rascacielos criollo, el edificio K-Van Gogh2. Su obra maestra de 110 metros de altura exhibe una fuerte verticalidad a la vez que una clara lectura horizontal. El mismísimo Le Corbusier -en tránsito por la maison Ocampo- afirmaba: “el coronamiento mediante una mansarda, también compuesta por una sucesión de planos, ostenta claras referencias de la arquitectura académica francesa”.
En el transcurso de los años subsiguientes, Tapia imagina y erige junto a Jorge Kalnay -racionalista de renombre- el Maison Garay en el barrio de San Telmo y el edificio Schaffhausen.
Sin embargo, y pese a su creciente prestigio, Tapia comienza a ser presionado por los entes reguladores y por sus propios colegas (no sin razón, recordemos la absoluta ilegalidad de sus edificaciones) al punto de verse obligado, al cabo de un tiempo, a abandonar su país natal de riguroso incógnito: "no me interesa el reconocimiento masivo, sólo la significación de mis construcciones. Por otra parte, creo que es el momento adecuado para un cambio de aire: la inserción en una cultura diferente no me vendría nada mal.” Con seguridad no resultaría a nuestro amigo engorrosa su fuga, dada su innata capacidad para traspasar paredes y su vasto conocimiento de la ciudad y sus bocas de salida. Una tarde cualquiera Aldo Tapia se alejaba de Scoozi, de Buenos Aires y de nuestras vidas.
Podríamos afirmar, sin dudarlo un instante, que Tapia fue el baluarte fundamental en la formación de un nuevo concepto arquitectónico. Creemos que su comprensión de la vida como mera excusa para la creación artística es sólo comparable a la pasión de las pesadillas de Poe o de Kafka.
No sabemos de un mejor elogio.
Buenos Aires, febrero de 1989.
Posdata de abril de 2008. La adquisición casual -en la Gare du Nord de Paris- de un fascículo de la National Geographic nos regala una extraña satisfacción: transcribimos textualmente un fragmento de una reseña acerca de los aborígenes de la isla Maèwo, perteneciente a la República de Vanuatu (Nuevas Hébridas): “(…) El crecimiento demográfico de la tribu se ve acompañado por una notable proliferación en el número de viviendas (chozas) y una increíble evolución arquitectónica en el lapso de los últimos años. (…) Es de destacar también la sorprendente calidez de sus formas y la solidez de sus estructuras, las cuáles se mantuvieron indemnes aún luego del “tsunami” que devastó las costas de Oceanía el último año …”.
Suponemos a nuestro arquitecto amigo.
1 … y la debida penalización por parte de la justicia (Nota de los autores).
2 Claro homenaje al pintor holandés, que derivaría primero al poco feliz nombre de Kavangagh y más tarde al de Kavanagh.
Vida y obra de Ángel Thompson.
Una biografía a manos de Federico Pérez Verol y Marco P. González.
Sin duda alguna, introducirse en la trayectoria artística de Angel Thompson resulta una experiencia deslumbrante y sugestiva. Su obra, inasiblemente ignorada por la crítica y muy celebrada por familiares, representa una de las más importantes influencias del arte dramático de los últimos tiempos.
Aún hoy, luego de su deceso -a causa de una fulminante dispepsia evocamos aquella tarde de mayo en que lo conocimos en un café de la calle Corrientes.
Nacido un 24 de agosto de 1945 en el barrio de Balvanera, Angel Thompson contaba por aquél entonces 51 años de edad y 20 dentro del mundo de la actuación. Hombre de características mondas y de capital aspecto pelirrojo, Thompson mantuvo siempre su voz grave y cuajosa, proveniente de su labor de catador full-time en una factoría de bebidas carbónicas.
Relatábanos con su habitual sencillez por aquellos años: "siempre sentí que tenía una fuerte vocación para la actuación”, o bien, “nunca quise estudiar para no perder la originalidad. Espero la oportunidad de mi vida”.
Integrante de la Compañía actoral de la E.C.P.D.B.N.T.[1], entre sus más destacados papeles teatrales aparecen el de un extrovertido árbol en “Hamlet” o su voz en off en “Shhh”, como actor invitado del grupo de mimos de la planta de distribución.
Ferviente admirador del método de Stanislavsky, Thompson se presenta por vez primera a una prueba actoral en busca de una participación como doble del actor Miguel Angel Solá en un largometraje dirigido por Aaron Bouchard. Es así como el día fijado Thompson presenta su atrayente unipersonal: “Miguel Angel Solá y remeramedioponer”, mediante el cual lograra un importante parecido al anteriormente citado en una situación análoga.
Ante el rotundo rechazo por parte del staff (dicha situación de remeramedioponer no se presentaba durante el filme), Angel Thompson da claras muestras de su entereza y; no sólo no se deja subyugar; sino que decide adoptar el nombre artístico de “A. Thhompson” y jugar su carta más valiosa.
Nos consta que por aquellos días, el Primer Asistente de Dirección refería de esta manera la situación allí acaecida: "en el fragor de las pruebas el nombre de Angel Johnson Jr. quedó en el olvido, hasta que el día 14 de junio de 1977, 350 postulantes después, tomé una solicitud y leí su nombre a viva voz (tengo un interesante registro): -¡Johnson!- sin recibir respuesta alguna a mi llamado. La tercera vez que lo nombré; ya a punto de desistir; comenzamos a escuchar un débil chirrido...”. (A partir de aquí tomamos el hilo del relato, con la intención de otorgar un carácter más literario y de sintetizar el viciado relato del Asistente). Ante los ojos de los allí presentes, una mesa con rueditas ingresaba al estudio, se detenía al golpear contra una de las paredes, y una misiva se deslizaba por debajo del mantel. En ella se anunciaba la presencia de la más ilustrada representación de Miguel Angel Solá, jactándose de ser su mejor doble en el momento en que éste se encontrara debajo de una mesa.
Meses más tarde, durante un sabroso coloquio mantenido con Thompson en el cafetín Bayern (léase Baviera) éste calificaría como la mejor su interpretación realizada en el filme: “El día que René vió la luz, renegó”. Sin embargo, una gloriosa interpretación tuvo su parte negativa: fue encasillado en el papel de mesa. Si bien dicho encasillamiento le aproximó una serie de nuevos trabajos, ninguno de ellos alcanzaría ribetes de excelencia como los de “El día…”. Quizás, a nuestro juicio, su única actuación postrera comparable fuese la del filme “Ñll, el carismático hombre de las cavernas”, en la que Thompson encarnara al antagonista de “Ñll” en la celebrada escena final de su muerte a manos de la accidental e innecesaria caída de una roca sobre su cabeza (Premio del Jurado al mejor maquillaje en el “V Festival de Cine de Río Cuarto”: colosal labor de Aníbal S. Transformando a nuestra célebre mesa en una creíble y riesgosa roca rodante).
Para finalizar dicha reseña sólo nos resta remitirnos a aquél gran creador de misceláneas; Jorge Luis Borges; quién se refiriera de la siguiente manera al exquisito histrión en un escrito incluido en su obra Nuevas Inquisiciones: "como Brando, como Welles, como Penn, Thhompson es de aquellos venturosos que pueden prescindir de la aprobación de la crítica y aún, a veces, de la del público, pues el agrado que nos proporciona su trato es irresistible y constante”.
[1] “Etiquetadores y catadores de productos de desecho de bajo nivel tóxico”, sección que se jactaba de poseer la 3° compañía en importancia de la planta de producción.
De por qué los argentinos nos subimos a automóviles y aceleramos hasta hacernos concha contra algo.
El tránsito vial es nuestro discurso. Nuestro reflejo. Conducimos mal, pero creemos que conducimos bien. El primero gana. El más rápido gana. No nos trasladamos, salimos a la cancha. Es cierto que son sexys el hierro y la sangre, ya lo mostró Cronenberg en Crash. Y que somos un pueblo caliente. Pero también melancólico, fatalista y mortalmente talentoso.
Nos matamos porque se nos da la gana.
sábado, 5 de abril de 2008
Corpus Christi.
La hostia en manos del padre alcoholizado pensaba que era lógico que, a la hora del reparto, no hubiese querido ser la-sangre-de-Cristo. El solo hecho de pensar en sangre siempre le había dado demasiada impresión, como si implicara un regodeo innecesario en los suplicios que sufriera su dueño-amo, también conocido como "cordero de Dios" o algo así. En el otro extremo de sus preferencias, representar el papel del cuerpo-de-Cristo desde un principio le había parecido adecuado para sus características personales. No es que se interesara obsesivamente en las apariencias físicas (aunque, vamos, a quien no le gusta el blanco inmaculado, la fragancia del vino dulzón y la circunferencia perfecta), sino que la propia noción de "cuerpo" es la que para ella implicaba un bagaje conceptual complejamente seductor. Si bien había escuchado a un monaguillo levemente hereje discrepar con el padre (durante uno de los momentos sobrios de éste) acerca de la dicotomía cuerpo-alma sostenida por el pensamiento religioso, estaba de acuerdo en que recién con la llegada de Merleau-Ponty y su fenomenología es que se había logrado pensar al cuerpo como algo que se es y no sólo como que se tiene. Sí, algo quizás extraño y hasta chocante para el feligrés devoto: como hostia cristiana no asumía (no se asumía) como cuerpo extraño a la yoidad, al ser en su totalidad. Para ella, los límites planteados por Descartes hace casi cinco siglos se habían desdibujado. Cuerpo y alma se integraban en ella de forma no perecedera (al fin y al cabo, no dejaba de ser una especie de alimento), sin dicotomías ni distinciones. Pensaba en esto férreamente, con la calma de los que se saben en la senda de la verdad. Y no sólo eso, se sentía en condiciones de transmitirlo al mundo, de renovarse como profeta de la fe, de la paz, de la justicia: un mundo nuevo era posible y ella, la hostia del amor y de la hermandad, era la encargada de sembrar la semilla del conocimiento en todo el planeta. Sí, pensaba en esto férreamente, feliz. Pensaba en esto justo unos instantes previos a ser deglutida por Jorge de Balvanera a eso de las ocho menos cuarto del domingo.
jueves, 3 de abril de 2008
Breve grabación en un cassette encontrado en un cajón de Cáritas en una iglesia de Berazategui.
00:10 hs.
(Ruido de inicio de grabación) (voz masculina aguardentosa) Hola, hola...mmm, esta garcha (sic) no funca papá.
(Murmullo de gente ininteligible en 2do. plano).
00:25 hs.
(Voz del inicio, desde ahora: Sujeto "A"): Che, esta mierda que nos mandó Cáritas no va ni pa trá, ni pa delante... (Las voces del fondo se asemejan a cantos).
00:40 hs.
(Sujeto "A"): Buah, lo apago, mandálo de vuelta, algún gil lo va a agarrar. (Ruido de botones) ¿Se apagó?
(Voz masculina aflautada: Sujeto "B"): Mmm, sí señor, parece que se apagó. Lo junto con las otras cosas de nuevo. Lo dejo en la capilla, alguien lo usará, al menos como radio.
(A partir de aqui el volumen decrece notablemente, es posible que el aparato grabador haya sido depositado en un cajón o símil, más lejos de los sujetos "A" y "B").
00:50 hs.
Ruidos presumiblemente de una silla. (Sujeto "A"): Ffffff, ¿qué hora es?
Sujeto "B": Las seis menos dié. Bueno, voy a buscar el nuevo envío de Cáritas...
Sujeto "A": Pasame el papel antes de irte.
Sujeto "B": ¿Cuál papel, señor?
Sujeto "A": El sermón, ganso.
01:20 hs.
(Ruidos de papeles).
02:50 hs.
Sujeto "A": Empezá a escribir de nuevo... y rapidito. Se nota que lo perdiste. ¿Cómo se puede ser tan pelotudo? Hacélo de nuevo, te tenés que acordar, lo hiciste vos...
03:24 hs.
Sujeto "B": Señor... no lo recuerdo... pero hoy es el día de San Ignacio... puede hablar de eso.
Tenía que ver con San Ignacio... no es tanto, son unos minutos y despues los pone a rezar...
03:40 hs.
(Sujeto "A"): La concha de tu madre che (a partir de aquí la voz suena ininteligible durante unos minutos).
04:50 hs.
(Sujeto "A"): No puede ser que no te acuerdes... no puede ser.
05:00 hs.
(Sujeto "B"): Padrecito... lo bajé de internet. Le juro que el que lo escribió es Christian Werner, usted lo conoce y respeta tanto...
05:10 hs.
(Sujeto "A"): Ya fue, traéte un Malbec del cuartito. Y ya que estás ordenalo un cacho.
(Suspirando) Estoy harto, ¡Harto! ¿Me entendés?, de tener que dar la misa en pedo una o dos veces por mes. Me voy a cagar el hígado y ahí si me vas a pagar vos la obra soc...
(la grabación es interrumpida).
Fin de la desgrabación.
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