Y un día sucedió. El Campo cobró vida, mejor dicho, tomó el valor de actuar de una vez. Y se puso de pie. Una especie de ola verde se irguió contra el horizonte pampeano un atardecer. Los árboles comenzaron a caminar. Las hileras de cultivos comenzaron a reptar por la ruta 9 hacia la gran Ciudad. Llegó alrededor de las 2:35 am y entró por la zona del delta del Paraná, y al sur, desde Ezeiza. Algunos medios se hicieron eco de lo que estaba sucediendo, pero la trascendencia de la noticia no logró hacer pie en las profundas y oscuras aguas de la madrugada.
Entonces El Campo penetró en la ciudad con su mienbro de pasto, barro y brotes de soja. Y cada edificio fue cubierto de césped. Los pájaros tomaron los semáforos y los castores las alcantarillas. Algunas ruedas de carretas rodaron fuera de control por Avenida de Mayo hacia el río, casi festejando. Y así es. Ahora así estamos, escribo estas palabras con esta extraña computadora de madera y semillas. Pero sé que puede ser cuestión de tiempo. Porque pronto va a amanecer y se que la Ciudad puede recuperar lo que ha perdido.
Aunque quizás ya no quiera despertar.